Biskek bocado a bocado

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Caramelos kirguizos que parecen preciosas geometrías de ámbar

No sé si a más gente le pasa, pero cuando viajo, según salgo por la puerta, parece que me entra un hambre de posguerra, es algo irracional, como si tuviese que comer cada vez que se pone algún alimento a tiro. Ya en el aeropuerto siento que quiero redesayunar, o recomer, menos mal que los precios son tan ridículamente exagerados que el cutrerío a veces te pone freno; después con la comida del avión (cuando la dan, ahora es casi una rareza que solo sucede si eres penitente en un viaje-maratón de muchas horas), que parece hecha a propósito para ser indigesta, ajena a cualquier bondad nutricional y en el mejor de los casos insípida, sucede tres cuartos de lo mismo: unto mantequilla y queso sin límite y me acabo comiendo todo lo que sirven. Menos mal que en mi viaje a Biskek el ansia por comer se encontró con muchas y muy sabrosas comidas, algunas muy sorprendentes. El mercado de Osh está lleno de puestos con tentadores manjares que podéis ver en estas fotos; además pude ir a distintos restaurantes, desde los más populares con sus manteles de hule y su maravilloso servicio que se esmeraba en entender mis señas, a otros más sofisticados con sus elaborados platos, como ese que veréis en una de las fotos con una yurta (tienda de campaña nómada de Asia Central) hecha de pan, humeando con costillas de churrasco dentro. Además de los deliciosos panes fritos, la carne de caballo, la pasta hecha a mano, las suculentas ensaladas, destacaría una especie de gyozas de carne riquísimas. Como sorpresón, sin lugar a dudas, una bebida fermentada con leche y cereales que se llama Shoro (es el nombre de la marca que la comercializa) que se vende por la calle y que me cogió absolutamente desprevenida: viendo los bidones rojo y azul que contienen las dos variedades de esta bebida esperaba algo así como la cocacola del nómada, la mirinda del pastor: pues bien, el shock fue importante al paladear esta bebida espesa, salada, láctea, gaseosa a la que parecía habérsele caído dentro las migas de pan de la sobremesa. Te la bebes y puedes escalar el monte Lenin, hacer unas flexiones arriba, bajarlo, y aún te sobraría energía. Sin duda una gran experiencia culinaria. Pero ante todo, destacaría que en los hogares kirguizos elaboran toda su comida en casa, desde el pan y la pasta a los lácteos, a mano, en familia, siguiendo tradiciones ancestrales, lo cual tiene un enorme mérito además de ser sano, ecológico y entrañable.

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Filigranas de masas varias, la primera división del churro kirguizo

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Preciosismo panero

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Mil y una galletas

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Especie de queso prensado y ultra salado, tentempié no apto para hipertensos

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Mar de frutos pasos y secos

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Crema de espinacas con grafiti de nata

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Zarzuela de carnes bajo yurta de pan

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Guisote de carne con hinojo y perejil

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Empanadillón de carne

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Exquisito pan frito

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Refresco indescriptible (Shoro)

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Bidones de Shoro con foto de aviador cuyo aspecto no da demasiadas pistas sobre su sabor

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